Hace unos días conversaba de temas cotidianos con un amigo, nada en especial; mientras platicaba, me distraje viendo una planta (creo que, conforme pasan los años, más me convierto en el señor de las plantas). Observé que la planta era casi perfecta; su color verde intenso captó mi atención, su brillo era increíble y vino una pregunta a mi mente: ¿Será real o será una de esas plantas ficticias? No quise quedarme con la duda; tomando una hoja con mucho cuidado, la apreté con la yema de los dedos. De inmediato sentí su fragilidad y, al soltarla, me di cuenta de que era real.
Vivimos en un mundo que premia la fuerza y a quienes constantemente alcanzan objetivos; quizá por eso muchas veces somos muy intencionales en esconder nuestros puntos débiles, carencias y momentos de fragilidad. Muchas veces he visto personas que al llorar piden perdón, como si estuviesen realizando algo censurable o incorrecto, como si no fuese de lo más natural mostrar nuestras lágrimas cuando nos sentimos tristes o preocupados.
“Jesús lloró”. Juan 11:35 (RVR1960) es el versículo más corto de la Biblia, pero posee un significado tan profundo. Jesús, Dios hecho hombre, el Verbo hecho carne, con toda Su autoridad y poder, se conmueve hasta las lágrimas al atravesar un momento de dolor. Y estoy seguro de que hay una intención clara del Espíritu Santo en dejar plasmado en las Escrituras este momento. Si Jesús lloró, ¿por qué nosotros no habríamos de hacerlo? El maestro lloraba la pérdida de un amigo y mostró uno de sus lados más humanos. No escondió sus lágrimas; solo las dejó brotar desde lo más profundo de su corazón.
Deja de cargar el peso innecesario de transmitir una imagen fuerte e inquebrantable; no es viable mantenerse así toda la vida. A veces está bien que reconozcamos nuestra fragilidad. Llora si tienes que hacerlo, quéjate cuando algo te indigne, busca ayuda cuando el peso sea demasiado grande, cae sobre tus rodillas cuando la vida se ponga difícil. Abraza tu fragilidad porque ahí es donde encontrarás las fuerzas para seguir adelante.
Jesús lloró y luego tuvo la fe para resucitar a su amigo Lázaro. Fue hasta que reconoció su fragilidad y la abrazó que encontró la fuerza que necesitaba Su alma para decir: “¡Lázaro, ven fuera!”. Permítete llorar, mostrarte vulnerable, incluso débil, porque es en esos momentos en donde decidimos dejar de depender de nosotros mismos y aprendemos a depender únicamente de Dios.
Por: Diego Herrera