Si tu paz la tienes que cuidar todo el tiempo… no es la paz de Dios, es tranquilidad.
Y está bien, la tranquilidad es preciosa. El silencio, el orden, la organización, el clima perfecto, personas saludables en tu entorno, presupuestos disponibles, el futuro garantizado… ¡ya sabes!, tran-qui-li-dad.
¡Hasta que llega un vecino con música a todo volumen!
¡Hasta que empieza a llover!
¡Hasta que aparece la persona que te irrita!
¡Hasta que empiezan las guerras, la enfermedad!
Y sí, hasta que empieza… la vida.
La tranquilidad es muy frágil, demasiado a veces. Es valiosa; como seres humanos hacemos todo lo posible para alcanzarla, pero es más frágil que un vaso de vidrio en los pies de un elefante.
Jesús trajo una propuesta interesante. Él habló de una paz garantizada; de hecho, habló de la paz del mundo y de la paz que Él mismo da. Y Él se refería a una que sobrepasa todo entendimiento. Es decir… jamás se razona, solo se disfruta. Pero no hay que cuidarla, no es frágil. Es poderosa. Está presente en las peores tormentas.
Tanto así que Jesús les dijo a sus discípulos en medio de una tormenta:
—¿Por qué están asustados? (Marcos 4:40)
Cuando leo eso, me dan ganas de responder:
¡Jesús!, por las olas, porque nos hundimos, por los rayos, por los truenos… porque no sé nadar.
Pero Jesús no hizo una pregunta desubicada. Habló porque su corazón conocía una paz poderosa, que no ve amenaza en las tormentas, ni en el futuro… ni en la muerte de cruz. ¡Jesús, mi Jesús!
Así que… ¿qué te parece si hoy soltamos el control de cuidar la tranquilidad a la fuerza? ¿Qué te parece si hoy solo disfrutamos de la paz que sobrepasa todo entendimiento?
Les dejo un regalo:
“La paz les dejo; mi paz les doy. Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo. No se angustien ni tengan miedo”. Juan 14:27 (NTV)
Por: Madis Sánchez