Mi nombre es Judas.
De todas las formas en las que pude haber iniciado, de seguro no esperabas esta declaración. Pero lo digo sin temor y sin duda alguna: “soy Judas”.
Muchos lo odian y lo juzgan por lo que hizo. Es el culpable de la muerte de Jesús, quien lo entregó para ser crucificado. Judas, el amigo cercano de Jesús; porque no cualquiera podía ser el tesorero del Mesías. Jesús llamó a Judas. Teniendo a Mateo, quien sabía de números y se dedicaba a los impuestos, escogió a un estafador para esa tarea.
Pero no lo odio, porque sé que, si el plan de Dios hubiera sido que Pedro entregara a Jesús, todos dirían: “¡No seas como Pedro, el traidor que entregó a Jesús! Sé más como Judas, quien tuvo la oportunidad de cambiar”. Me doy cuenta de que pudo haber sido cualquiera, y puedo asegurar que el diablo tocó la puerta de todos los discípulos… pero solo uno abrió.
Yo no puedo odiar a Judas, porque yo también he traicionado a Jesús: al dudar de Él, al pensar que puedo sola, que mis logros se basan únicamente en mis esfuerzos, al permitir que las ganancias me endulzaran el oído y que lo peor del mundo entrara por mis ojos. Yo soy Judas, porque yo también lo besé en la mejilla y luego le di la espalda.
Pero creo algo: Dios tuvo misericordia de Judas, quien entregó a Su Hijo. En ninguna parte de la Biblia dice que Judas fue el único condenado sin oportunidad de salvación. Además, ¿no dice la Escritura que Jesús murió por todos? ¿Acaso no murió por él también?
Puedo imaginar que Judas también está en la eternidad junto a su Maestro. Tal vez no disfruta ciertas cosas como Juan o Santiago, pero puedo verlo en la mesa, comiendo junto al Rey.
Ahora, ¿a qué quiero llegar? A que, aunque yo también traicioné a mi Salvador, todavía tengo tiempo para remendar lo que he hecho y volver a seguirle. A diferencia de mi querido Judas, sigo de pie, sigo respirando y, mientras tenga aliento, mi alma adorará a Dios. Porque si Jesús sacrificó su vida, desgarró su piel y gritó hasta quedarse sin aire solo para que yo pudiera llamar “mío” a Su Padre… entonces yo también quiero sacrificarme.
En Mateo 16:24-26, en la versión The Message, dice así: “Quien tenga la intención de venir conmigo debe dejarme ir al frente. Tú no eres quien va en el asiento del conductor; soy yo. No huyas del sufrimiento, abrázalo. Sígueme y yo te enseñaré cómo. La autoayuda no es ayuda en lo absoluto. El sacrificio a uno mismo es el camino, mi camino, para encontrarte a ti mismo, tu verdadero yo. ¿Qué clase de trato es conseguir todo lo que quieres pero perderte a ti mismo? ¿Qué podrías dar a cambio de tu alma?”
Jesús nos invita, en este versículo, a hacer lo que Judas no pudo: sacrificarnos a nosotros mismos para llegar a ser como Él y, principalmente, amar como Él ama.
Jesús decía que todos los mandamientos se resumen en estos: “Amarás al Señor tu Dios con toda tu alma y con toda tu mente” y “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Amar implica sacrificar el orgullo, el rencor y aquello que creemos justo, para poder perdonar y hacer la voluntad de Dios.
Te invito hoy a ser diferente a Judas, y me incluyo en esta invitación. Porque ser como él es no perdonar, guardar rencor y no ser capaz de amar. Sacrifiquemos las costumbres de este mundo y de la carne para conocer el amor divino y diferente que Jesús, Dios y el Espíritu Santo nos ofrecen.
Hoy todavía tenemos la oportunidad de ser diferentes; una oportunidad que Judas tuvo y no tomó.
Por: Pichi Salguero