A todos nos ha pasado que sentimos que “se va el tren”. Y no hablo solo de la típica frase: “Tienes que casarte porque se te va el tren”. Hablo de esos momentos en los que parece que el tren simplemente ya se fue. Cuando perdemos una clase en la universidad y tenemos que retomarla, atrasando todo el ciclo; cuando el ascenso en el trabajo que nos prometieron no llega; cuando el viaje soñado se aplaza porque hay otras prioridades que pagar. Hay temporadas en las que la frustración nos invade porque creemos que perdimos la oportunidad.
Yo personalmente estoy en una etapa en la que siento que el tren que me llevaría a todas las oportunidades de mi vida —el éxito, los sueños, las metas cumplidas— se fue hace mucho tiempo. Es irónico decirlo, porque tengo apenas 20 años, pero en mi mente a veces siento que mi vida va en picada, como si todas las oportunidades hubieran pasado demasiado rápido. Esperamos que esa oportunidad regrese, que nos den otra vez el boleto para subirnos al tren, pero parece que no vuelve. Y no nos damos cuenta de algo importante: tal vez el tren que esperamos ni siquiera era el nuestro.
En Mateo 6:25-34 Jesús nos enseña que no debemos vivir preocupados por el mañana. Dios nos conoce tan bien que nos dio dos ejemplos simples para enseñarnos: las aves del cielo no cosechan y, aun así, el Padre las sustenta. Los lirios del campo no se esfuerzan por vestirse y, sin embargo, Él los adorna con belleza. Y entonces nos recuerda: si nosotros valemos más que las aves y que los lirios, ¿por qué nos preocupamos cuando tenemos un Padre celestial que sabe lo que necesitamos?
A veces nos aferramos tanto a lo que “perdimos” que dejamos de ver lo que sí tenemos. Nos quedamos mirando el andén que poco a poco se hace más pequeño por la lejanía, lamentando el tren que ya partió, sin notar que quizá Dios nos está preparando para otro destino, para otro tiempo, para un viaje mejor. No todo lo que se va es pérdida; a veces es simple preparación.
Hoy quiero invitarte a soltar el tren que ya se fue. Sí, dolió. Sí, parecía la oportunidad de tus sueños, pero Dios no llega tarde ni se equivoca de estación. Quita la mirada de lo que ya no está y ponla en Él. Confía en que, mientras esperas, Él está trabajando en tu carácter, en tu paciencia y, principalmente, en tu fe. Y cuando llegue el tren —el que está preparado por Dios— entenderás que lo que se fue no se podía comparar con lo que está por venir.
Por: Pichi Salguero