Al cumplir 17 años me gradué de la secundaria y empecé con las decisiones cruciales de la vida. Entonces, me di cuenta de algo: me gusta hacer las cosas sola. Me estresa cuando alguien intenta ayudarme, porque lucho con la mentalidad de que no necesito ayuda. Muchas veces prefiero desvelarme trabajando en un proyecto antes que desarrollarlo con mucha gente, porque, en mi egoísta manera de pensar, creo que si no lo hacen como yo quiero, lo están haciendo mal y, por eso, es “mejor” hacerlo sola.
Sin darme cuenta, esa independencia me llevó a poner a Dios a un lado. Dejé de buscar Su consejo o guía al tomar decisiones. Según yo, no era nada malo, porque al final de cuentas pensaba: “A Dios le gustan las personas que son esforzadas y valientes”. Pero no me daba cuenta de que caminaba a ciegas sobre una cuerda floja, y tarde o temprano caería muy bajo.
Mi terquedad me llevó a estresarme por todo. Las cosas ya no salían como esperaba, me cargaba con responsabilidades que no me correspondían y construí una muralla que impedía a mis seres queridos acercarse. Me convencí de que la única que podía cuidarme era yo misma. Pero claro, en esa actitud también cometí muchos errores. Me frustraba tanto que decía: “¿Por qué me está pasando esto a mí? ¿Por qué tengo que esperar a que las cosas sucedan solo para que al final me decepcione? ¿Por qué tengo que ser espectadora de los logros de todos, pero no veo ni uno mío?”
Y como era de esperarse, toqué fondo. Pero ahí encontré a Dios, y volvió a levantarme y cuidarme de una forma tan dulce, como siempre lo es conmigo. Entendí que no siempre tengo la razón, que muchas veces las cosas no saldrán como quiero y que, aunque duela, cada caída trae consigo una lección. Por cada puerta cerrada, hay diez abiertas al lado. Fue ahí cuando me di cuenta que mi deseo de hacerlo todo sola me había cegado a las hermosas cosas que Dios ya había puesto frente a mí.
Con mi maestra y unos amigos leímos la historia del ciego sanado por Jesús en San Juan, capítulo 9. Después de conversarlo, comprendí lo siguiente: Jesús no solo le dio la vista, sino que también la sanidad de su corazón. En esa época, quienes nacían con una discapacidad eran rechazados por sus familias y despreciados por la sociedad. Pero Jesús, de la misma forma en que otros se llegaron a burlar de él, lo sanó por completo. Y aquel hombre, sin temor, dijo: “Lo que sé es que yo era ciego y ahora veo.”
En Isaías 55:8-9 (DHH) dice: Porque mis ideas no son como las de ustedes, y mi manera de actuar no es como la suya. Así como el cielo está por encima de la tierra, así también mis ideas y mi manera de actuar están por encima de las de ustedes.
Dios obra de maneras que no tienen explicación humana, y no existe una mejor forma de vivir que confiando en Él. En mis largos 19 años de vida (estoy siendo sarcástica), aprendí que vivir sin Él es como una interminable pesadilla, pero con Él encontramos refugio, hogar y descanso. No permitamos que nuestro egoísmo y orgullo nos hagan ciegos a Su gracia y a Su forma de actuar. Más bien, agradezcamos cada día por sus planes y dejemos que, en su maravillosa forma de ser, empiece a obrar como Él quiere.
Por: Pichi Salguero