¿Alguna vez has deseado algo con tanto anhelo? De seguro has deseado algo, pero ¿qué tanto? Yo me considero una persona con sentimientos intensos, por lo que, cuando anhelo algo… ¡lo anhelo! Y haré todo lo que esté a mi alcance para conseguirlo. Y algo que anhelo desde pequeña son buenas amistades.
En mi vida tuve amistades, pero no todas han sido buenas. Me han desechado como basura y utilizado como utensilio. He confiado profundamente en las personas equivocadas y, con el tiempo, mi pequeño y sensible corazón se endureció de gran manera, al punto de que ya no quería confiar. Por años pasé deseando una vida solitaria y “tranquila”, pero detrás de una máscara introvertida había un corazón herido que anhelaba buenas amistades; amistades que no me hicieran daño.
Siendo mayor, una adulta en proceso, puedo decir que no tengo muchas personas a las que puedo llamar “amistades”. Conocidos tengo demasiados, pero no muchos ganan mi título de “amigo”. Y hace poco me hicieron daño, tanto daño que no disfruto las hermosuras de la vida; me cuesta mucho. Puedes imaginarte lo mucho que me afectó cuando esos “amigos” lastimaron mi corazón, cuando anhelaba tanto una buena amistad. Pero algo puedo decir con certeza: en lo oscuro, en lo profundo del alma, donde vive el corazón herido, Dios seguirá obrando.
En el centro de mi dolor, en la tristeza, cuando estuve a punto de ahogarme en mi propio llanto, Dios escuchó mi gemir y fue en busca de mí. En lo que llamaba “soledad”, lo encontré a Él. Lo encontré en el viento, en la lluvia, en las aves, en las mariposas, incluso en las personas. Con las cualidades que atacaron de mi ser, otros me halagaron, y con lo que más inseguridad me daba, otros lo convirtieron en mi mejor cumplido.
En las últimas semanas he escuchado de diferentes pastores la enseñanza de “Creer a Ciegas”. Una prédica que escuché decía: “Si yo oculto un billete en mi mano y digo: «¡Aquí tengo un billete!», necesitas fe para creerme. Pero si yo te enseño el billete que tengo, no necesitas fe, porque puedes verlo, puedes creerme. Dios no nos muestra todas las respuestas, porque hay cosas que simplemente hay que tener fe” (Dante Gabel, 2026). Yo no comprendo qué fue lo que hice para provocarles tanto odio a las personas que me hirieron. No sé si dije algo que los ofendió o si algo en mí no les agrada. No comprendo por qué son tan pocas mis amistades y personas de confianza, pero en el dilema sigo creyendo que Dios ha sido y seguirá siendo bueno.
En Hebreos 11:1 (Reina-Valera) dice: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. Y esto no solamente aplica a creer que existe un ser mayor que todo, sino a confiar en ese ser y permitir que se cumpla su voluntad. Es más fácil decirlo que hacerlo, y cuando dudamos de los planes de Dios, dudamos de Él y de la capacidad que Él tiene.
Lo he mencionado antes: yo soy alguien que suele tomar las riendas del carruaje de la vida, pero en situaciones como la opinión de los demás no puedes hacer nada más que confiar en Él. No es una decisión fácil, pues se siente que caminas a ciegas, pero ¿acaso el ciego no cuenta con un bastón que lo guía o una compañía que lo cuida? Te invito a que podamos finalmente permitir que Dios nos guíe, dejar de desconfiar tanto de sus planes y desear hacer las cosas agarrados de Su mano. Oro a Dios para que, en este tiempo, si te encuentras en dolor o duda, podamos tomar la mano de nuestro Padre y confiar en que, en la oscuridad, Él conoce el camino.
Por: Pichi Salguero