Muchas veces mi papá me comparte un poco de sus lecturas, y la última de ellas, me voló la cabeza y me ayudó al corazón. Él, nos escribió en el chat familiar un par de conceptos interesantes que quiero compartirte.
El primero de ellos, es el concepto de amor para los judíos, que es la capacidad de enfocarte en las cualidades de los otros. Por otro lado, estaba el concepto del amor de los griegos, representado por cupido, con sus fechas aleatorias y suspiros al azar.
El primer concepto de amor es solo la capacidad de observar, enfocarte y gozarte en lo que otras personas hacen bien. En su valor. En cambio, el amor griego necesita estímulos, belleza, reciprocidad, sensaciones… y tragedia.
Después de compartir las definiciones mi papá nos dijo: por eso para Dios, amar sí es un mandamiento, porque no puedes decidir qué sientes por los demás, pero sí puedes decidir enfocarte en sus cualidades. Por eso amar sí es una orden, porque sí puedes decidir en qué te enfocas cuando ves a otros. Por eso amar al enemigo sana, porque dejas de verle las malas intenciones, las malas conductas, solo te enfocas en su valor cómo persona y lo que sí hace bien.
Como concepto todo muy lindo, pero justo una mañana viví algo con una persona que me incomodó muchísimo, llegué a mi casa y con mi esposo tomamos la decisión de orar. Le pedimos a Dios en oración: “ayúdanos a enfocarnos en todo lo bueno que es y lo que hace esta persona”, y no sabes lo maravilloso que fue sentir admiración por su vida, bendecirla, comprenderla con misericordia, ver todo lo que Dios tiene en su camino… amarla.
Amar, con la perspectiva bíblica es una orden que sana, una orden que alivia, una orden que redime. Es, por lo tanto, un mandamiento.
Al terminar de orar, no solo perdoné lo que me hicieron. Ese enemigo se desvaneció. Porque al amar al enemigo, el enemigo deja de serlo y el corazón se llena de paz.
Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen. Mateo 5:44
Por: Madis Sánchez