C. S. Lewis escribió:
“La amistad nace en el momento en que una persona le dice a otra: «¿Tú también? Pensé que era el único».”
Durante mucho tiempo creí que toda amistad debía comenzar así.
Viví buscando mi “tú también”.
Alguien que hubiera sentido el mismo miedo.
Que cargara heridas parecidas a las mías.
Que entendiera mis silencios sin necesidad de traducirlos.
Alguien en quien pudiera reconocerme, como quien encuentra su reflejo después de mucho caminar.
Y casi siempre lo encontraba.
Cuando no ocurría, pensaba que esa persona jamás podría ser realmente mi amiga.
¿Cómo querer profundamente a alguien con quien no compartes las mismas grietas?
¿Cómo caminar junto a alguien que nunca ha visto el mundo desde tus mismos ojos?
¿Cómo construir un puente cuando parece no existir una orilla en común?
Eso creía.
Hasta que la vida, silenciosamente, me contradijo.
Alguien me dijo una vez:
“Tal vez existe una amistad que aún no sabes que tienes.”
No entendí esas palabras en ese momento.
Hoy las entiendo con una claridad que duele y, al mismo tiempo, abraza.
Porque la encontré.
Y fue extraño.
No nació de un “yo también”.
No apareció porque nuestras historias fueran idénticas.
Ni porque nuestras heridas rimaran.
Ni porque nuestras vidas se parecieran.
Nació porque empecé a admirar a alguien sin necesidad de parecerme a él.
Descubrí que también se puede querer a una persona simplemente por quien es.
Por la forma en que mira el mundo.
Por la paz que lleva consigo.
Por la manera en que ríe.
Por las palabras que escoge.
Por las batallas que ha librado en silencio.
Por la bondad que ofrece cuando nadie la está mirando.
Por ese corazón tan distinto al mío… y que, precisamente por eso, me ha hecho más grande por dentro.
Entonces comprendí algo que nunca había considerado:
Quizá la amistad no siempre consiste en encontrar a alguien que confirme nuestra historia.
A veces consiste en conocer una historia completamente distinta y decidir quedarse a escucharla.
A veces Dios responde de maneras que no sabemos reconocer al principio.
No siempre lo hace con una explicación.
No siempre cambian las circunstancias.
No siempre nos muestra inmediatamente lo que está haciendo.
A veces, simplemente, pone a alguien en nuestro camino.
Una persona que llega sin anunciarse.
Que no se parece a lo que buscábamos.
Que no comparte todas nuestras heridas, pero aprende a tratarlas con cuidado.
Que no entiende cada uno de nuestros silencios, pero decide permanecer hasta aprenderlos.
Y quizá eso fue esta amistad para mí:
Una respuesta de Dios que llegó con otro rostro.
Una puerta que no sabía que debía abrir.
Un regalo escondido dentro de una persona que nunca pensé necesitar.
En Apocalipsis, Jesús dice que está a la puerta y llama.
Y pienso que, algunas veces, Él también toca nuestra vida por medio de quienes envía: personas que llegan con consuelo, con paciencia y con una forma distinta de enseñarnos a querer.
Personas que no vienen a decirnos “yo también”, sino:
“Tal vez no he vivido lo mismo que tú, pero puedo quedarme contigo.”
Yo no sabía que esperaba una amistad así.
Pero Dios sí lo sabía.
Después de todo, todavía no hemos conocido a todas las personas que vamos a querer, ni a todas las personas que algún día nos van a querer.
Tal vez algunas de ellas ya están frente a nuestra puerta.
Y solo hace falta aprender a escuchar cuando Dios llama.
“En todo tiempo ama el amigo”.
Proverbios 17:17
A todos mis amigos en Casa de Dios, por enseñarme que la amistad también se aprende, se construye y se cuida; por mostrarme, con cada momento compartido, que nunca es tarde para aprender a hacer amigos.
Y, especialmente, a Jimena Hidalgo, por ser la primera amistad que no necesitó un “¿tú también?” para existir. Por enseñarme que también se puede querer profundamente a alguien sin compartir la misma historia.
Gracias por esa amistad que no sabía que necesitaba, pero que Dios ya sabía que encontraría.
Por: Nestor Ovidio