¿Qué dirían si les cuento que un sector de la iglesia protestante apoyó un régimen totalitario al cual se le atribuyen millones de muertes? Probablemente, nuestra primera reacción sería decir que eso no es posible o que, si realmente pasó, fue hace muchísimo tiempo. Pero no. Fue hace menos de 100 años.
Una parte de la iglesia protestante alemana apoyó o se acomodó al régimen nazi. Incluso llegó a existir un movimiento llamado Cristianos Alemanes, que intentaba combinar el cristianismo protestante con el nacionalismo y la ideología nazi. Dentro de este movimiento, muchos de sus miembros apoyaban abiertamente a Hitler y promovían ideas antisemitas.
Este tipo de cosas no suceden por casualidad, y nosotros, como cristianos, tampoco estamos exentos de caer en este tipo de errores. El corazón humano tiene la tendencia de levantar ídolos. Romanos 1:25 habla de quienes cambiaron la verdad de Dios por la mentira y terminaron honrando y adorando a las cosas creadas antes que al Creador.
Muchas veces, estos ídolos toman la forma de ideologías, partidos políticos, pasiones desenfrenadas o incluso personas. Todo aquello que ocupe el lugar que le corresponde a Dios en nuestro corazón puede convertirse en un ídolo.
¿Cuál es el problema de esto y cómo podemos darnos cuenta? A veces, la clave está en hacernos las preguntas adecuadas.
El problema no es que alguien influya en nuestra manera de pensar; todos somos influenciados por las personas que nos rodean. El peligro comienza cuando permitimos que una persona, ideología o institución determine nuestras convicciones por encima de Dios. Cuando dejamos de examinar lo que creemos y simplemente aceptamos algo por quién lo dijo, corremos el riesgo de darle un lugar que no le corresponde.
Y aquí surge la pregunta que quiero plantear en este pequeño blog:
¿Qué moldea nuestra moral?
Es una pregunta que últimamente me he hecho con frecuencia. Veo con preocupación cómo, muchas veces, la moral de la iglesia puede terminar siendo determinada por unas pocas personas influyentes, lo cual provoca que sea altamente fluctuante.
Y no me malinterpreten. Por supuesto que creo que las personas que admiramos o seguimos influyen, de alguna manera, en ciertos rasgos de nuestro pensamiento. Eso es completamente normal en la vida en sociedad. El problema no es tener personas que influyan en nuestras convicciones; el problema comienza cuando les damos la autoridad de decidir por nosotros qué es bueno y qué es malo.
¿Cómo podemos darnos cuenta de que esto está sucediendo? Si alguna vez has sentido que el comentario de un líder, pastor o persona reconocida invade tu juicio y tus valores, hasta el punto de hacerte cambiar de opinión únicamente por quién lo dijo, quizá estés cediendo terreno en algo sumamente importante: tus convicciones.
Claro que muchas de estas personas pueden enseñarnos a vivir y ayudarnos a crecer. Su experiencia puede aportarnos perspectiva, mostrarnos caminos y ayudarnos a evitar errores. Sin embargo, todo lo que recibamos de ellas debe ser examinado a la luz de la Escritura.
Como cristianos, nuestra moral no debería depender de la opinión cambiante de una persona, de una ideología o de la cultura. Su fundamento último debe estar en el carácter de Dios y en lo que Él ha revelado en Su Palabra. Ninguna voz humana debería convertirse en nuestra autoridad absoluta para determinar lo bueno y lo malo.
Pensemos, por ejemplo, en una persona que atraviesa una depresión. Un pastor puede acompañarla espiritualmente, orar con ella, escucharla y orientarla a través de la Escritura. Sin embargo, eso no significa que deba asumir una autoridad absoluta sobre todas las decisiones relacionadas con su situación, especialmente en áreas que requieren conocimiento profesional. Un buen liderazgo reconoce también sus propios límites.
El principio es sencillo: podemos recibir consejo de nuestros líderes sin entregarles por completo nuestro criterio. Su consejo puede ser valioso, pero también debe ser examinado a la luz de la Escritura, la sabiduría y el ámbito en el que realmente tienen conocimiento.
Nuestras convicciones influyen profundamente en nuestros pensamientos, decisiones y acciones. Por eso son demasiado importantes como para depositarlas completamente en las manos de otro ser humano. Podemos escuchar consejos, dejarnos orientar e imitar a personas que han caminado más que nosotros, pero ninguna de ellas debería ocupar el lugar de autoridad que le corresponde a Dios.
Por eso, la próxima vez que tengas que tomar una decisión, quizá no baste con preguntarte: ¿qué piensa mi líder?, ¿qué piensa mi pastor?, ¿qué piensa la persona que admiro?
Tal vez haya una pregunta que deba estar por encima de todas:
¿Qué dice la Escritura?