Hace unas semanas estaba regando el jardín de la casa. La verdad, tengo una relación de amor y odio con esa labor doméstica. Primero que nada, me alegra mucho tener un jardín para cuidar, pero muchas veces se me olvida hacerlo (ojo con este pequeño detalle).
Empecé a notar algo que me llamó mucho la atención: la grama del vecino era más verde que la mía. Creo que incluso existe una frase famosa sobre eso, refiriéndose a que, al compararnos, siempre vamos a encontrar algo mejor o peor, y por eso no tiene sentido vivir haciéndolo. Pero regresando a la historia, genuinamente su jardín era más verde y yo no entendía por qué.
Un día me topé con mi amable vecino y me compartió su secreto. Creo que él también notó que mi jardín no agarraba color. Me dijo que, en lugar de regarlo todos los días, como lo hacía yo, dejaba encendida la manguera con un chorro pequeño durante toda la noche. Me pareció una idea increíble; no se me había ocurrido.
A ciencia cierta, no he seguido el consejo al pie de la letra (también tengo mi dilema ambiental con dejar la manguera encendida durante tantas horas, pero ese es otro tema), aunque seguramente en un futuro blog les contaré si decidí ponerlo en práctica.
Esta situación me hizo pensar en algo: a veces queremos los resultados de alguien más, pero no nos detenemos a pensar en el esfuerzo, la dedicación y la disciplina que hay detrás. Yo no riego mi jardín todos los días, tampoco tenía un buen truco para mantenerlo hidratado. Mi vecino sí, pero yo solamente veía el resultado. No tuve la diligencia de preguntarle a mi jardinero o incluso a ChatGPT; simplemente me quejé.
Muchas veces nosotros tomamos este tipo de actitud y, sin darnos cuenta, atentamos contra nuestra propia felicidad. Porque no disfrutamos lo que Dios nos ha dado y tampoco alcanzamos los resultados que queremos por estar quejándonos y comparándonos.
¿Qué nos aconseja la Escritura?
“No dejemos que la vanidad nos lleve a provocarnos y a envidiarnos unos a otros”.
Gálatas 5:26
En este versículo, el apóstol Pablo concluye una enseñanza sobre vivir guiados por el Espíritu Santo y no por los deseos de la carne. Aquí señala tres actitudes que destruyen la unidad y la vida espiritual:
Vanidad: buscar reconocimiento, superioridad o aprobación humana. La persona vana quiere sobresalir para sentirse más importante que los demás.
Provocarnos: competir, desafiar o menospreciar a otros para demostrar superioridad.
Envidiarnos: sentir molestia o tristeza por las bendiciones, talentos o logros de los demás.
Pablo enseña que, cuando el corazón se llena de orgullo, inevitablemente aparecen los conflictos y las comparaciones. En cambio, el fruto del Espíritu produce humildad, amor, paz y gozo.
Entonces, ¿cómo podemos vencer la envidia cuando toque la puerta de nuestro corazón? Alegrándonos por las bendiciones de los demás y celebrando con ellos lo que Dios está haciendo. Porque el mismo Padre que los bendice a ellos es también nuestro Padre.
Además, podemos combatirla teniendo la humildad de pedir consejo y ayuda. No todos llegamos al mismo tiempo a la meta o al cumplimiento de un objetivo; eso es imposible. Siempre habrá alguien que llegó antes y que puede ayudarnos a avanzar. En mi caso, fue aprender cómo hacer que mi jardín fuera más verde.
Deja de mirar el jardín ajeno y empieza a cuidar con gratitud el que Dios puso en tus manos. ¡Decide vivir feliz a través del agradecimiento!
Por: Diego Herrera