Hace un año, justo para la Semana Santa de 2025, decidí que quería ver La Pasión de Cristo por primera vez. No me cuestionen por qué no lo había hecho antes; simplemente nunca había podido ver esa película… o quizá no había tenido el suficiente valor para hacerlo. Así que me puse como fecha límite la Semana Santa de 2026.
¿Por qué esperar un año más? No lo sé. Probablemente mi corazón estaba buscando ganar un poco de tiempo e intentar ordenarse en áreas de la vida donde sabía que Dios me estaba llamando a hacer cambios radicales. En términos más sencillos: quise resarcir con mis propias fuerzas lo que definitivamente solo se logra con gracia.
Y la gracia de Dios me encontró.
El Jueves Santo pasado me senté en la sala a ver esa película que había evitado durante tantos años, y no dejé de llorar desde los primeros minutos hasta mucho después de que terminara. Supe entonces que mi intención al retrasarlo era buscar sentirme lo menos pecadora y culpable posible: “portándome bien”, “siendo obediente a mis líderes”, “leyendo la Biblia y teniendo tiempos con Dios”, para que, al ver cómo crucificaban a Jesús por amor a nosotros y obediencia al Padre, pudiera evitar sentirme tan mal.
Porque siempre pensé que de ahí nacía el impacto: de sentir una deuda porque Jesús dio su vida por mí para que yo viviera bien. Pero entendí que el mensaje principal no era la culpa, sino mostrarme las áreas en las que todavía tenía mucho por mejorar.
¿Cuántas veces hemos escuchado sobre la falta de comprensión que los fariseos expresaron hacia el mensaje de Jesús? Hemos sido capaces de comprender que la cruz no fue un accidente provocado por ellos, sino el cumplimiento de lo que ya estaba escrito… pero ¿y si existe un fariseo que vive en mi mente e intenta salir constantemente?
Puedo imaginarlo como un personaje que busca validación espiritual con tal de sentirse separado de quienes no viven como él; con tal de no ser visto en el mismo cuarto con quienes viven en desorden según estándares rígidos; con tal de mantenerse fuera de ese círculo de personas que asisten a una iglesia, pero no dan fruto.
Probablemente ese fariseo sí vive en mí. También se compara con versiones pasadas de mí misma y se autojustifica, como si la comparación pudiera reemplazar nuestra necesidad constante de encontrarnos con el Padre.
Mi versión pecadora del pasado puede que no haya matado a Jesús, pero mi versión religiosa actual —esa versión farisea— puede que sí. Se vuelve más probable en cuanto dejo atrás un mal hábito y, enseguida, me convierto en la crítica más dura de quienes aún están donde yo estuve.
Es similar a imaginarnos formando parte de una especie de cadena alimenticia espiritual, donde, al voltear a ver a nuestro alrededor, buscamos encontrar a alguien que la esté pasando peor para sentirnos mejor con nosotros mismos.
Pero ¿quién le dice a mi fariseo mental que no estamos en la cima de la cadena y que probablemente alguien más nos observa y usa nuestros errores para alimentar su propia autoestima?
A ese fariseo se le olvida que el sacrificio de Jesús en la cruz es lo único que puede redimir cualquier intento de aliviar mi conciencia selectivamente. Y que, mientras sigo midiendo a otros con una balanza torcida, paso por alto que yo misma dependo enteramente de una misericordia que no puedo ganarme.
A inicios del siglo XX, el periódico inglés The Times lanzó una convocatoria a pensadores y escritores para responder la siguiente pregunta: “¿Qué está mal en el mundo?”.
Cuántas cosas vinieron a mi mente cuando leí esa pregunta. ¿Qué responderías tú? Algunos podrían decir que la causa principal de todo el caos que existe en el mundo es la falta de autogobierno presente en la sociedad. Otros podrían señalar el amor al dinero, capaz de corromper incluso un corazón noble y honesto.
Pero, aunque parezca difícil de considerar, existe un mal con consecuencias todavía peores y que pasa desapercibido.
Respondiendo a la pregunta de The Times, G. K. Chesterton —periodista y escritor inglés conocido por defender la fe cristiana con argumentos lógicos— respondió con una carta breve, pero poderosa:
“Queridos señores: Soy yo”.
El único requisito para recibir Su gracia es saber que la necesitamos, y Chesterton lo sabía.
Probablemente a mí se me olvide más de lo que me gustaría admitir, pero comprender que el mensaje de Jesús nunca busca señalar algo externo o político como el verdadero problema del mundo es el primer paso para reconocer que el problema nunca estuvo lejos: todo el tiempo estuvo en mí.
Y la única solución es —y seguirá siendo— acercarme a Dios todas las veces que sea necesario a través de Jesús, quien se sacrificó para hacerse cercano a nosotros.
Sí, todos somos participantes activos de lo que sucede en el mundo actual, con sus errores modernos y sus aciertos condicionados, pero también somos participantes de su redención.
Tengamos el compromiso de obligarnos a vernos primero a nosotros mismos en situaciones donde lo más fácil sería señalar a alguien más, siendo conscientes de lo silenciosa que puede ser esa conversación interna que solo busca apartar nuestro orgullo, sin caer en una autocrítica destructiva, sino aprendiendo a honrar el camino que Jesús abrió para todo aquel que esté dispuesto a recorrerlo.
Así que, con mucha humildad, hice las paces con mi versión religiosa y abracé la idea de que mi “yo” de hoy necesita mucha más gracia que mi “yo” de ayer.
Por: Majo García