Hubo una temporada de mi vida que recuerdo como uno de los momentos más críticos que he vivido. Yo estaba decidido a que las cosas salieran como yo quería. En ese tiempo, mi oración no era “Señor, haz tu voluntad”, sino más bien: “Dios, hazlo por mí”. Yo quería que una relación funcionara a toda costa. Estaba convencido de que ese era el camino correcto, aunque en el fondo sabía que algo no terminaba de encajar.
En medio de esa crisis llegó a mi casa una señora que hasta hoy no sé bien cómo describir; quizá fue una voz profética, quizá solo alguien sensible a Dios. Lo que sí sé es que me compartió un pasaje sobre el rey Ezequías. En ese momento no entendí mucho, pero ese día sembró una pregunta en mi corazón.
Cuando fui a leer la historia, encontré algo que me llamó la atención. En 2 Reyes 19, Ezequías enfrenta una amenaza terrible: el rey de Asiria quiere destruir Jerusalén. Entonces Ezequías toma la carta con las amenazas, la lleva al templo y la pone delante de Dios. Su oración es sencilla: “Señor, ayúdanos, para que todos sepan que solo tú eres Dios”. Y Dios responde poderosamente y libra a su pueblo.
Pero en el capítulo siguiente, 2 Reyes 20, Ezequías recibe otra noticia: va a morir. Entonces ora otra vez, pero esta vez su oración cambia. Ahora le pide a Dios que lo sane y que le alargue la vida. Dios escucha su oración y le concede quince años más. Incluso hace retroceder la sombra del sol como señal de que lo sanará.
Hasta aquí todo parece una gran victoria. Pero cuando seguimos leyendo la historia bíblica descubrimos algo más: durante esos años adicionales nace Manasés, un rey que más adelante llevó al pueblo de Israel a pecar gravemente y a apartarse de Dios (2 Reyes 21). No quiero sacar conclusiones donde la Biblia no las saca, pero sí entendí algo importante: existe una diferencia entre lo que Dios permite y lo que Dios quiere de manera perfecta.
Esa historia me confrontó mucho. Me di cuenta de que muchas veces oramos buscando señales o confirmaciones, cuando en realidad Dios ya habló. Con el tiempo entendí que hay diferentes niveles en la oración. Está el “Dios, ayúdame”, que nace de la necesidad. Está el “Dios, hazlo por mí”, que nace del deseo. Pero también está el “Dios, úsame”, como el apóstol Pablo cuando entendió que vivir tenía sentido si era para servir a otros. Y finalmente está la oración más madura y más difícil: “Dios, haz tu voluntad, aunque me cueste”, como Jesús en Getsemaní.
Al final, eso fue lo que tuve que hacer: rendir mi voluntad. No fue fácil. Yo quería que Dios respaldara mi plan. Pero con los años he entendido algo hermoso: su voluntad no fue lo que yo quería… fue mucho mejor. Dios me permitió cumplir sueños, desarrollar una empresa, obtener mi licencia de aviador y, sobre todo, me regaló una esposa maravillosa.
A toda luz, nos conviene su voluntad. Aunque a veces parezca el camino más difícil, termina siendo el más seguro y el más pleno. Tal vez hoy estás orando con fuerza por algo que deseas profundamente. Está bien abrirle tu corazón a Dios. Pero no olvides que la oración más poderosa no siempre es “dámelo”, sino “guíame”. Porque cuando soltamos nuestra voluntad y abrazamos la suya, descubrimos que Dios nunca nos quita algo bueno para dejarnos vacíos; siempre nos conduce hacia algo mejor.
Por: Andy Burgos