Hay una pregunta que incomoda mucho, pero que también es muy poderosa: ¿qué estoy viviendo hoy por lo cual oré ayer? Suena simple, pero si te detienes a pensarlo honestamente, puede cambiar por completo la manera en que ves tu vida.
Es fácil caer en la rutina de quejarse: el trabajo está estresante, la situación económica no es la ideal y las relaciones son complicadas. En medio de todo eso, hay algo que se va apagando lentamente: la gratitud. Lo más curioso es que muchas veces estamos viviendo exactamente aquello que pedimos hace meses o años, pero la queja no nos deja disfrutarlo.
Por ejemplo, el pueblo de Israel llegó a extrañar la esclavitud en Egipto porque la queja nubló su visión de la tierra prometida que tenían justo enfrente. No queremos caer en lo mismo.
La queja tiene un mecanismo favorito: la comparación. Cuando miro lo que otros tienen, aquello que me falta se vuelve enorme. Pero la gratitud funciona al revés: cuando me enfoco en lo que Dios ha hecho, la comparación pierde su fuerza. No es que los problemas desaparezcan, sino que cambia aquello en lo que decido enfocarme.
Pablo lo escribe con una claridad sorprendente: “Estén siempre gozosos. Oren sin cesar. Den gracias a Dios en todo, porque ésta es Su voluntad para ustedes en Cristo Jesús”. 1 Tesalonicenses 5:16-18
No dice “den gracias cuando todo esté bien”; dice que demos gracias en todo. Eso incluye los días difíciles, la incertidumbre y los momentos en los que no entendemos qué está pasando.
Pienso en la historia del leproso en Lucas 17, donde diez hombres fueron sanados, pero solo uno volvió para dar gracias a Jesús. Él le respondió con algo que iba más allá de la sanidad: “Tu fe te ha salvado”. Hay algo que se activa cuando respondemos con gratitud: no solo recibimos la bendición, sino que también nos acercamos a quien la da. La gratitud no es solo buenos modales; es fe en acción.
La gratitud tampoco significa ignorar lo que duele; significa elegir no dejar que la queja ahogue la alabanza. Estas preguntas pueden ayudarte a cultivar un corazón agradecido:
- ¿Qué tienes hoy que hace un tiempo era tu oración?
- ¿Hay alguna bendición que ya dejaste de ver porque se volvió “normal”?
- ¿Qué es lo más pequeño por lo que puedes agradecer hoy?
No esperes a que todo esté resuelto para dar gracias; para entonces, puede ser demasiado tarde. Hoy, todos tenemos algo por lo cual agradecer a Dios.
Por: Andy Sapper