“Ya estoy muy grande para cambiar eso”. ¿Cuántas veces nos hemos topado con esa expresión? Incluso, podemos ser nosotros mismos quienes la utilicemos para justificar ciertas malas actitudes que sabemos que debemos cambiar, pero para las cuales no tenemos la voluntad de hacerlo. Pero ¿realmente esto es cierto? ¿Somos capaces de seguir cambiando nuestra forma de pensar conforme llega la adultez o simplemente existen formas de pensar que se irán a la tumba con nosotros?
“No imiten las conductas ni las costumbres de este mundo; más bien, dejen que Dios los transforme en personas nuevas al cambiarles la manera de pensar. Entonces aprenderán a conocer la voluntad de Dios para ustedes, la cual es buena, agradable y perfecta”. Romanos 12:2 (NTV)
Este versículo no representa simplemente un buen deseo de parte de Dios; constituye la clave para vivir conforme a Su voluntad. La transformación siempre ha comenzado en la mente, porque esta dirige todo lo demás. Muchas veces el problema radica en que nos enfocamos únicamente en nuestras conductas, costumbres y acciones, cuando lo que realmente debemos trabajar son nuestros pensamientos.
La mente controla la materia; nuestro cuerpo físico responderá constantemente a aquello que nuestra mente determine. Si existe algún área de nuestra vida con la que no estamos conformes, la primera pregunta que debemos hacernos es: ¿qué estoy pensando?
Se ha comprobado que los pensamientos tóxicos —como el miedo constante, la ansiedad, el resentimiento, el odio, la culpa destructiva, los pensamientos obsesivos, la amargura, el autodesprecio, la preocupación excesiva, los pensamientos derrotistas y las mentiras que creemos acerca de nosotros mismos— producen estrés y daño emocional. Por esta razón, es necesario combatirlos; sin embargo, para hacerlo, primero debemos ser conscientes de lo que pensamos.
En el ritmo acelerado de vida propio de nuestra época, pocas veces nos detenemos a analizar la calidad de nuestros pensamientos. En muchas ocasiones, simplemente reaccionamos a nuestro entorno y a sus impulsos.
No somos víctimas de nuestras circunstancias. Tenemos la capacidad de moldear constantemente nuestra manera de pensar y, de cierta forma, reprogramar nuestro cerebro para alinearlo con las Escrituras. Romanos 12:2 no transmite un consejo menor; representa una necesidad para vivir en plenitud.
A menudo podemos pensar que no tenemos control sobre nuestros pensamientos; sin embargo, esto no es así. Poseemos libre albedrío y capacidad de decisión respecto de aquello que pensamos. Cada elección basada en pensamientos saludables crea conexiones neuronales que, en el futuro, facilitarán inclinarnos hacia este tipo de pensamientos y no hacia los tóxicos. Como afirmó René Descartes: Cogito, ergo sum (“Pienso, luego existo”).
Tampoco podemos escudarnos en la idea de que, debido a nuestra edad, ya no podemos cambiar. El cerebro tiene la capacidad de reorganizarse durante toda la vida. Cambiar nuestra manera de pensar no solo es posible, sino también necesario. No debemos permanecer rígidos en pensamientos adoptados en determinadas etapas de nuestra vida, porque esto podría estancarnos y llevarnos a caer en círculos de pensamientos viciosos. No estamos condenados por nuestro pasado; podemos construir nuestro futuro a partir de los pensamientos que alimentamos hoy.
Para cambiar nuestros pensamientos, primero debemos ser conscientes de ellos. Para ello, es necesario practicar el reposo dirigido: momentos de reflexión, silencio y descanso mental que permiten recalibrar nuestro cerebro y, por ende, nuestra vida. No debemos convertirnos en personas reactivas frente a las circunstancias; por el contrario, debemos practicar la introspección para vivir de manera diferente.
“¡Quédense quietos y sepan que yo soy Dios!”. Salmo 46:10 (NTV) Cuánta verdad y sabiduría contienen estas palabras en una época en la que pareciera que debemos permanecer en constante movimiento y realizar múltiples tareas al mismo tiempo. Sin embargo, el Señor nos invita a hacer una pausa y confiar en Él.
¿Entonces puedo cambiar en cualquier etapa de mi vida? Por supuesto que sí. Y lo que la Escritura nos aconseja es quedarnos quietos y tomar dominio sobre nuestros pensamientos. Parece un consejo sencillo, pero aplicarlo puede transformar por completo nuestra manera de vivir.
Por: Diego Herrera