En la vida, hay cosas que no podemos entender del todo hasta que las experimentamos. Podemos leer todos los libros sobre nadar, pero si nunca nos metemos al agua, siempre será solo teoría. Con Dios pasa algo similar.
El Salmo 34:8 dice: “Prueben y vean que el Señor es bueno; dichosos los que se refugian en él.” Este versículo no invita a analizar a Dios desde lejos, sino a probarlo, a acercarse, a experimentarlo de primera mano.
Pero muchas veces nos quedamos en formas superficiales de conocerlo. Hay quienes solo han escuchado acerca de Él — “es el Dios de mis vecinos.” Otros lo conocen por herencia — “es el Dios de mis padres.” Algunos han visto cómo obra en su círculo cercano, pero todavía lo sienten ajeno. Y luego están los que han llegado al punto de decir: “Es mi Dios” — no el de alguien más, el mío.
La diferencia entre estos no es información; es experiencia.
El profeta Elías nos muestra cómo es ese encuentro personal. Después de escapar al desierto, agotado y desanimado, Dios salió a su encuentro, pero no lo hizo en el gran viento que partía los montes, ni en el terremoto, ni en el fuego. Estaba en el silbo apacible y delicado — la voz que solo se escucha cuando uno se acerca lo suficiente y guarda silencio. Probar a Dios no es analizarlo desde lejos; es acercarse hasta poder escucharlo.
¿Cómo pasamos entonces de saber que Dios existe a escuchar Su voz?
-Prueba Su bondad en lo pequeño. No esperes el gran momento para acercarte; búscalo hoy, en lo que tienes enfrente.
-Avanza de etapa. Si solo lo conoces por lo que otros dicen, busca un encuentro propio. Si ya lo conoces en tu círculo, busca escuchar Su voz directamente.
-No te quedes satisfecho donde estás. Hay más de Él por conocer — Su bondad, Sus promesas, Sus milagros y Su voz — y ese camino no tiene fin.
Jesús lo resumió así: “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero” (Juan 17:3). Conocerlo no es un evento; es un camino. Y ese camino comienza con un paso simple: probar y ver.
Por: Andy Sapper