Me quedé a llorar en el carro porque no tenía valor o fuerzas para moverme. Nunca había sentido tanta tristeza en mí, que pesara más que cualquier otra cosa. Siempre he sabido que tengo facilidad para llorar, eso lo tengo claro; pero nunca he sido una persona triste. Por un momento, solo quería ignorar el desorden a mi alrededor, dejar a un lado las tan anheladas acciones que sabía que tenía que hacer y dejar de fingir la ilusión de control.
Entonces quería existir en una soledad que me abrazaba de manera familiar, como una vieja amiga de la infancia que, si bien nunca fuimos tan cercanas al crecer, nos dimos cuenta de que nuestras versiones adultas y maduras tenían más cosas en común de lo que nuestras miradas infantiles podrían reconocer. La soledad era mi amiga; una amiga que me había acompañado más años de los que yo creí posible, pero en esa ocasión la veía distinta, así que de seguro ella me veía distinta a mí también.
Soy hija única, y hay ciertos privilegios que quienes crecimos solos aprendimos a valorar pronto: el silencio en nuestro propio territorio. Después conocí a Jesús y fui muy consciente de Su compañía y de cómo se sentía. Hasta podría decirse que formé el pensamiento equivocado de que, si en algún momento llegaba a sentirme sola de nuevo, significaba que me hacía falta fe, oración, leer la Biblia y un sinfín de cosas. También sabía que no iba a ser la primera que podría llegar a sentirse así, y definitivamente no iba a ser la última, pero siempre era más fácil buscar evadir el sentimiento de cualquier manera posible.
Hasta que el año pasado llegó una gran depresión; no histórica, sino algo más personal. Viví momentos que expusieron heridas a las cuales no estaba lista para darles la cara; cuestioné mi valor como persona, como hija, como mujer, como profesional y todos los perfiles en los que había formado mi identidad en los últimos años. Fueron meses que exigieron más de lo que tenía, y lo más triste es que todo fue en silencio. No mencioné ni una palabra a nadie de mis círculos cercanos por temor a sus reacciones, porque a mí misma me dolía saberme así y no quería que nadie más pudiera ver una versión mía de la que yo no estaba orgullosa.
Nunca había sentido tanta tristeza en mí, pero Dios… ese mismo Dios que insiste en su amor por Israel en el libro de Oseas fue lo suficientemente amoroso para hacerme entender que necesitaba acercarme a Él para ver la realidad con Sus ojos: mi soledad en ese momento, aunque se sintiera como una debilidad, era todo lo contrario. Comprendí que solamente se trataba de espacios de silencio en donde mi Padre podía volver a ser escuchado. Había invertido mucho tiempo y energía en pensar que no me sentía vista o acompañada, aun cuando estaba rodeada de amigos que mostraban Su amor en mi vida. Estaba enfocada en hacerles creer que todo estaba bajo control, en decirles que yo estaba bien y que siempre podían contar conmigo.
Lo más transformador de todo fue que, en mi búsqueda de respuestas y validación espiritual, Dios me encontró. Conocí lo amable que es para entrar al corazón de todos con maneras creativas y para nada repetitivas, buscando que aprendamos a valorar Su compañía y a reconocer que camina a nuestro lado en todo lo que debamos enfrentar, formando en nosotros un espíritu de convicción en Su voluntad. Porque formación nunca significa abandono. Me liberó de la tristeza y de la soledad en el momento en el que me dio el valor para ser vulnerable con mi red de apoyo, y también en el momento en el que tuve el valor de ser vulnerable con Él.
Enfrentar cosas que llevamos callando por mucho tiempo puede sentirse como una prueba de fuego, una que quisiéramos evitar si últimamente lo único que hemos vivido han sido desiertos. Pero hay mucha sabiduría y cero juicios en exponer nuestros procesos con personas que consideramos parte de ese círculo de confianza que Dios ha estado formando en nuestra vida. No hay otra manera de saber si es a través de ellos que experimentaremos el amor del Padre mostrando Su compañía. Y en ese mismo sentir, fuera de esa soledad que conocimos muy bien, no sabemos si nosotros podremos ser el medio por el cual otros amigos puedan sentirse acompañados en lo que parecía un gran vacío, lleno de silencios y pocas respuestas.
Es en ese momento cuando podemos ver con nuestros ojos humanos el propósito divino de entender que nunca estamos solos.
“Por la inmensa riqueza de su gloria, pido a Dios que, por medio de su Espíritu, los haga cristianos fuertes de ánimo. También le pido a Dios que Jesucristo viva en sus corazones gracias a la confianza que tienen en Él, y que ustedes se mantengan firmes en su amor por Dios y por los demás. Así ustedes podrán comprender, junto con todos los que formamos el pueblo de Dios, el amor de Cristo en toda su plenitud. Le pido a Dios que ustedes puedan conocer ese amor, que es más grande de lo que podemos entender, para que reciban todo lo que Dios tiene para darles. Dios tiene poder para hacer mucho más de lo que le pedimos. ¡Ni siquiera podemos imaginar lo que Dios puede hacer para ayudarnos con su poder!”. Efesios 3:16-20 (TLA)
Por Majo García