Ojo, no es “me gustó”. No hablo de alguien más, hablo de mí, así, sin tilde. Me gusto.

No soy ni la más alta, rubia, de ojos claros, piernas largas, pero me gusto. Quisiera explicarte cómo sucedió esto porque no es un engaño, en el espejo sigo viendo las libritas de más, mis piernas cortitas, las cejas irregulares, mis asimetrías…en serio, las miro. No lo evado, lo noto y estoy consciente, y ¿sabes?, me gusta.

¡Claro! Hay días que me siento más hinchada o que hay ropa que me favorece menos, pero me gusta lo que veo. Una vez alguien me dijo: “Creo que te da miedo tu seguridad”. Esa línea me quedó en la mente. Estoy acostumbrada a ver tantas mujeres quejarse de esto que llegué a pensar que lo normal era actuar insegura.

La estima es una buena valoración, cariño y aceptación que le asignamos a algo. En algún proceso de mi vida yo decidí otorgarle justo eso. Así soy y lo acepto, habrá cosas que puedo cambiar y haré los ajustes necesarios; habrá cosas que no y lo aceptaré, no como quien vive resignada en su cuerpo y personalidad sino como quien vive sabiendo que esos “detalles” no pueden volverse en complejos sino en hermosas imperfecciones.

1 Pedro 3:3-4 Nos invita a buscar la belleza interna en primer lugar para que la externa sea un reflejo. “No se interesen tanto por la belleza externa: los peinados extravagantes, las joyas costosas o la ropa elegante. En cambio, vístanse con la belleza interior, la que no se desvanece, la belleza de un espíritu tierno y sereno, que es tan precioso a los ojos de Dios.”

De nada nos servirían mil cirugías y ajustes externos si por dentro no nos aceptamos, amamos, aplaudimos y celebramos a nosotras mismas. Espero que antes que digas de alguien “me gustó”, digas de ti i.