Algunas podrán coincidir conmigo en pensar que la familia es el mejor regalo que pudieron recibir, otras diferirán pensando que es todo lo que no hubiesen querido en su vida. Algunos padres son gigantes en cuyos hombros nos paramos para poder construir nuestro destino y otros se hacen sentir como un obstáculo hacia el mismo. Existen hermanos que también son amigos y algunos otros son sólo extraños con los que comparten un techo, lo cierto es que nadie elige la familia en la que nace.

Me encanta que la Biblia está llena de ejemplos de familias como esas, las imperfectas. Tan humanas y tan reales que no hay en ellas ausencia de problemas; pensaría dos veces antes de llamarlas “dulces hogares”, pero creo que Dios quiso dejar evidencia que Él utiliza todo para el bien de aquellos que lo aman y aún a las personas más cercanas a nosotros para formar aquello que necesita para cumplir Su propósito. Tal vez la tribu en la que fuimos puestos no es más que una colección de maestros del corazón (no todas ellas serán fáciles) y en ellos hay lecciones escondidas que debemos buscar al relacionarnos, tolerarnos y amarnos en cuanto nos sea posible.  

No nacimos para estar solos, Dios ama las familias y tiene un propósito para ellas. Aunque no elegiste a tu familia, sí puedes construir en ella y en el proceso asegúrate de aprender y sanar aquello que no quieres repetir, porque un día la vida dará una vuelta y podrás elegir a tu familia,  decidirás con quien construirla y los ingredientes que formarán tu hogar. Cuando ese día llegue, asegúrate de recordar poner el mejor fundamento y aplicar las lecciones aprendidas en aquella que sirvió de escuela en su momento.


Por: Mónica Tello

Foto por: Kyler Boone