Sé que muchas mujeres nos hemos sentido inconformes al vernos al espejo. Fui una de ellas, y por mucho tiempo me sentí ahogada por influencers, celebrities y bloggers que seguía en Instagram. A veces, lo siento todavía; veo cuerpos perfectos, outfits cool, marcas o hasta recetas de comida sanas que no me permiten disfrutar mi almuerzo.

Creo que no me atrevería a sacar un foto demostrando mis defectos. Por ejemplo: mis caderas. Por mucho tiempo las odié, y aunque las estoy aprendiendo a aceptar, trato de disimularlas un poco; mis pechos los siento muy grandes por la decisión que tomé a los 18 años de operarme; mi color de piel porque soy muy blanca y mi pigmentación no me gusta, me cuesta encontrar productos para maquillarme y uso cremas bronceadoras cuando enseño las piernas, eso sin mencionar que hace 5 años vivía en la cámara de bronceado; también tengo cicatrices en mis axilas debido a un operación y se notan si uso una blusa sin mangas, lo cual me hace sentir incomoda porque la gente se queda viendo.

No creo que alguna vez muestre estas “imperfecciones” en mi Instagram, pero la buena noticia es esta: ¡Ninguna de las mujeres a las que le has dado “follow” es realmente como sale en sus fotos! Todas tienen defectos al igual que nosotras (ya puedes respirar). Qué rico saberlo, ¿verdad?

Somos únicas así como nuestra belleza porque Dios nos creó así. No debemos sentirnos mal por lo que vemos en redes sociales. ¡Esta es la vida real! Una belleza y propósito distinto que Dios nos dio a cada una de nosotras y que Él quiere que abracemos todos los días.

Este versículo marcó mucho mi corazón:

“Que tu belleza sea más bien la incorruptible, la que procede de lo íntimo del corazón y consiste en un espíritu suave y apacible. Esta sí que tiene mucho valor delante de Dios”
1 Pedro 3:4