“Ahí va la creída, la vacía, la pesada, la que se las lleva, la interesada”, son algunos comentarios que he escuchado desde hace ya varios años acerca de mí. Soy una mujer muy seria y callada, me cuesta mucho vincular con las personas. Se me facilita más hacerlo a través la computadora porque ahí no veo a nadie y es fácil borrar un mal comentario.

Yo también tengo mi propia opinión de muchas personas, todos la tenemos. Nos dejamos llevar por lo que nos dicen, por lo que vemos o por malas experiencias. Soy muy tímida e insegura en muchos aspectos; me da miedo cometer errores en público o decir un chiste y que nadie se ría o comentar en una conversación en grupo y que nadie lo valore. Me da miedo y pena hablar de mi carrera, de las cosas que me gustan o de la música que escucho. Siento que siempre mi opinión es pequeña y tal vez por eso soy callada y a primera vista un poco inaccesible.

Imagina que Jesús no tuviese interés en nuestro corazón, pensamientos y sueños porque solo se fije en nuestra apariencia y en las referencias que otros tengan acerca de nosotros. Si de eso dependiera que todos los días Él se acerque a nosotros o que nosotros a Él, estoy segura que no podríamos tener una buena relación con Jesús. Quizá hasta le caeríamos mal.

Jesús no nos juzga, eso es increíble. Conoce lo más profundo de nuestro corazón y siempre nos da otra oportunidad después de fallar. Nos extiende su mano, escucha, consuela, acompaña y ama. Su gran amor es eterno y está cerca de los que le temen. Si lo buscamos, él dejará que lo encontremos.

Por: Ana Montufar Quintero