Últimamente he compartido tiempo con mi sobrina de 3 años y junto a ella he aprendido mucho. Algo que me llama la atención es que siempre tiene su manera de hacer las cosas aunque no siempre sea la correcta.

Pero verla empeñada en hacerlo todo a su forma me recordó tanto a mí y a mi eventual terquedad. A veces no doy tregua a opiniones distintas a las mías. Ese es un mal que debo cambiar y con el que debo luchar constantemente, pero igual me sigue costando.

Muchas veces sé que actúo correctamente, pero a veces también reconozco que no es así. Talvez alguien se sienta identificado con esa obstinación a la hora de actuar y tomar decisiones. Al pasar los años he aprendido muy bien que con Dios, aunque yo tenga mi forma de hacer las cosas, me conviene más adoptar la suya.

No se trata de que Él se acople a mi plan, sino que yo me acople al suyo. Me siento muy identificado con la historia de Abraham y Sara, quienes, cuando se vieron con el obstáculo de tener un hijo, encontraron una solución viable en tenerlo a través de su esclava Agar. Tuvieron la opción de esperar en Dios y dejar que Él actuara, pero como optaron por hacer las cosas a como ellos quisieron, luego tuvieron conflictos familiares.

¿Cuántas veces no hemos hecho eso? Implementar nuestros propios métodos para acelerar los tiempos y alcanzar lo que Dios ya nos ha prometido, como si nuestro afán pudiera darle una ayudita al Creador del universo. Nos creemos muy expertos para hacer las cosas, pero lo cierto es que la forma de Dios siempre será mejor que la nuestra.

No hay mejor muestra de confianza que dejar de actuar a nuestra manera y confiar en Dios, incluso en los días donde no entendamos nada. Él es digno de confianza, así que estemos tranquilos porque con nuestro Padre todo estará bien.

Por: Diego Herrera