Fui invitada a participar de un equipo y una de las personas que dirigía la actividad me demostró actitudes super extrañas. Me incomodaba e irritaba la forma y el ambiente que aportó en ese par de ocasiones en que coincidimos. Para ser sincera, al principio la señalé. Sí, algo muy dentro de mi pensó mal de ella. Además, había algo extraño que me hacía sentir mal, la tensión y energía de esta persona me recordaba tanto a alguien. Me recordaba a mí.

Yo estaba en shock. La observaba y pensaba “eso es tan yo”. Lo que las personas cercanas me sugieren que controle o mejore lo pude ver desde afuera; resultó ser como un espejo. Era desconcertante y chistoso, pero sobre todo era la verdad. Cuando noté eso la observaba con más y más atención, y comprendí lo que las personas que me conocen perciben.

Pablo escribió una carta a la iglesia en Roma, les dio un consejo que en esa ocasión me venía tanto a la mente. Seguramente el Espíritu Santo se reía un poquito mientras me recordaba esto y me caía el veinte.

“Por tanto tú, que juzgas a otros, no tienes excusa, no importa quién seas, pues al juzgar a otros te condenas a ti mismo, porque haces las mismas cosas que hacen ellos.” Romanos 2:1 RVC

¿Ves por qué me venía a la mente ese versículo?, lo que me incomodaba de alguien más es algo que yo también hago. Esa es la gran ironía de juzgar a otro. Nosotros también somos así.

Ahora, es natural que tengas una impresión y opinión de alguien más, pero no un prejuicio. Es natural que, incluso, no quieras estar cerca de alguien, pero no que lo juzgues. Es natural que no tengas mucha afinidad con alguna persona, es natural que te enoje o irrite, pero no es natural que le juzgues, no es natural porque:

  1. Dios no es así, el no juzga, todo lo contrario, el justifica y no condena. Si estamos hechos a Su imagen y semejanza, debemos hacer lo mismo.

  2. Cuando juzgamos nos condenamos, ponemos un estándar en otro, que también debemos cumplir

  3. Hacemos lo mismo que otros, exactamente lo mismo, con otros modos y expresiones, pero es lo mismo.

La próxima vez que te encuentres juzgando a alguien, responde esto: “¿Me recuerda a mí?”, y la idea no es sentir culpa, sino otorgar misericordia.

Por: Madis Sanchez