Mi papá fue diagnosticado con cáncer en el hígado en mayo de este año. Desde el principio oramos y creímos por un milagro, pero en ocasiones dudaba que mi fe fuera lo suficientemente grande como para que se cumpliera ese milagro.

Como es de esperar, mi papá se la pasaba de médico en médico, haciéndose muchísimos exámenes y comprando medicina. Mucha gente iba a mi casa a orar por su sanidad y por la fortaleza de mi familia.

El estrés y el miedo a causa de todo el proceso hizo que me enojara con Dios. No entendía por qué el Dios de milagros del que me hablaban no respondía a las oraciones de muchas personas que clamaban por la sanidad de mi papá; no comprendía el porqué de Su silencio y le cuestionaba la razón de hacernos pasar por tanto sufrimiento, pero me di cuenta que lo único que estaba haciendo era cerrar los ojos para no ver la realidad. El milagro que Dios estaba haciendo era distinto. Quizá no era por el que yo estaba pidiendo, pero sí el necesario.

Mi papá falleció el 28 de agosto y fueron los tres meses más difíciles de mi vida, pero durante el proceso de su enfermedad tuve la dicha de conocer a Dios de una manera muy diferente: cuando oraba lo conocí en lo íntimo, sabía que escuchaba pacientemente todos mis berrinches y lo sentía sufriendo conmigo cuando lloraba, estoy convencida que ese fue el milagro que Dios hizo.

Puede que la prueba que estés pasando sea más grande, quizá sientas que Dios no te escucha o no contesta tu petición, pero si no lo ha hecho es porque aún te está preparando para algo. ¡Cree que nunca te va a dejar y siempre va a estar contigo para protegerte! Recobra ánimo y que tu esperanza sea Jesús.

Juan 16:33: Yo les he dicho estas cosas para que en mí hallen paz. En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo.

Por: Sabine Sundfeld