En los primeros cinco minutos de una guerra de paintball que tuve con mis amigos me encontré en desventaja contra el otro equipo. Mis gafas protectoras se habían empañado y no podía ver nada.

Parecía que mi mejor jugada era quedarme detrás de un árbol y esperar. Al poco tiempo me desesperé y expuse mi cara para visualizar el campo de batalla y ¡BOOM!, me dieron. Mi cara estaba llena de pintura y esa partida la perdimos.

Así como las gafas empañadas afectaron mi visión, el dolor interno nos afecta la vista. Provoca que queramos escondernos para evitar una situación que pensamos es más grande que nosotros. Puede ser la enfermedad de un familiar, una ruptura, un despido o incluso una mala calificación en los estudios.

El dolor provoca pensamientos y sentimientos negativos que nos pueden llevar a “perder la partida de paintball”, si lo permitimos. Pero la fe nos permite decirle a nuestra mente que pensar. La fe ve a través de las gafas empañadas. La fe nos dice que Dios es más grande que la situación o que nuestros mismos sentimientos.

Creer sin ver es hacerlo a pesar que duela.

Si el dolor te nubla, la fe te guía, porque andamos por fe y no por vista.

Por: Fernando Pappa