¿Por qué será que nos cuesta admitir que fallamos? O peor, ¿por qué nos cuesta reconocer que tenemos un problema? Todo esto se debe al orgullo, que es aquello que crea enemistad entre Dios y el hombre, o como le llama C.S Lewis “El cáncer espiritual” o “El gran pecado”.

Hace poco mis papas se fueron de viaje, y como un buen hijo se me ocurrió la brillante idea de salir con el carro de mi papa sin su permiso. Todo iba bien hasta que en un parqueo rayé la puerta izquierda del carro. ¿Cómo? Ni me lo pregunten, todavía lo sigo descifrando. En ese momento supe que había un problema y por miedo intenté ocultarlo. Así que busqué videos en YouTube de “como quitar rayones en carros”, lo lave, lo encere, etc. Y nada parecía funcionar, el rayón seguía ahí.

Muchas veces en nuestras vidas pasa lo mismo, nos equivocamos y por miedo al qué dirán (orgullo), intentamos ocultarlo.

Pero el problema nunca se irá hasta que seamos vulnerables.

Fue entonces hasta que me acerque a mi papá y me mostré honesto ante la situación y  de esa manera fue que el problema se acabó, obviamente trayendo sus consecuencias.  

El hecho que nos equivoquemos no nos hace malos hijos o menos espirituales, solo nos hace más humanos.

Veamos la historia de Adán y Eva, y el fruto prohibido. Genesis 3:6-10 (TLA) relata: "La mujer se fijó en que el fruto del árbol sí se podía comer, y que sólo de verlo se antojaba y daban ganas de alcanzar sabiduría. Arrancó entonces uno de los frutos, y comió. Luego le dio a su esposo, que estaba allí con ella, y también él comió. En ese mismo instante se dieron cuenta de lo que habían hecho y de que estaban desnudos. Entonces tomaron unas hojas de higuera y las cosieron para cubrirse con ellas. Con el viento de la tarde, el hombre y su esposa oyeron que Dios iba y venía por el jardín, así que corrieron a esconderse de él entre los árboles. Pero Dios llamó al hombre y le preguntó: —¿Dónde estás? Y el hombre le contestó: —Oí tu voz en el jardín y tuve miedo, pues estoy desnudo. Por eso corrí a esconderme."

Podemos ver que Adán y Eva se equivocaron y se escondieron al escuchar la voz de Dios, por miedo. Dios les hizo una pregunta: "¿Dónde estás?" Ahora Jesús te la hace a ti: "¿Porque te escondes?"

Dejemos a un lado el miedo y el orgullo. Vivamos una vida de vulnerabilidad y coraje. De esta manera la iglesia saldrá adelante, cuando no nos escondamos y aprendamos que nuestras fallas nos acercan más a Cristo y a las personas.

El orgullo es el que nos divide, pero la vulnerabilidad la que nos une. La vulnerabilidad trae libertad.

Haz conmigo esta oración, que está en Salmo 139:23-24 (TLA): "Dios mío, mira en el fondo de mi corazón, y pon a prueba mis pensamientos. Dime si mi conducta no te agrada, y enséñame a vivir como quieres que yo viva."

Dejemos que Jesús escudriñe nuestro corazón para así llegar a lo más íntimo de nosotros.

Escrito Por: Daniel Marroquín