Hace más de diez años tuve una conversación incómoda con mi papá. Llevaba varios días que no teníamos buena comunicación, ninguno de los dos nos soportábamos. Me pidió un favor que se me olvidó hacer (o no quise hacer) y esa fue la gota que derramó el vaso. Molestos “intentamos” solucionar el problema, pero era más una conversación sacando todos los disgustos acumulados, hasta que le contesté: “Papá, si esto será así entre nosotros, yo no quiero nada con el ministerio, la iglesia, ¡no quiero nada con Casa de Dios!”. Me di la vuelta y me fui.

Luego de varios minutos regresé y lo único que mi papá me dijo fue: “Hijo, recuerda que a Dios uno no le pone condiciones en el contrato”. Fueron suficientes palabras para arrepentirme de lo que había dicho. Me di cuenta de una realidad: cuando nuestra alma está atribulada somos capaces de desmoronar cualquier cosa donde la coloquemos. Si la llevamos a nuestro trabajo, matrimonio o planes podríamos lastimar nuestra vida profesional, relaciones o sueños.

La diferencia fue que mi papá si llevó su alma delante de Dios. Sólo Dios puede lidiar con nuestra alma en esos momentos. Ayudó al rey David cuando rasgó sus vestidos, a Tomás cuando necesitaba tocar las heridas, a Jesús cuando sudó sangre.

Si estás pasando un momento donde no estás estable, donde tu alma está descompuesta, atormentada o inestable, llévala a Dios, Él sabe cómo lidiar con ella. “Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones” (Filipenses 4:6-7)

Por: Juan Diego Luna