Todos conocemos la clásica escena en películas de drama con el niño en el suelo, su rodilla raspada, la bicicleta en el piso y el padre levantándolo para volver a intentarlo, hasta que por fin logra mantenerse y avanzar. Todos felices, créditos y fin.

Y también en la vida real escuchamos que las cosas son “como manejar bicicleta, porque nunca se olvida”. Pero para mí esta es una verdad a medias y la razón es esta: a manejar bici no se olvida, porque a manejar bici no se aprende. Lo que se aprende es a perder el miedo de levantar el pie del suelo y pedalear. 

La verdadera dificultad de la bici no es mover los pedales, sostener el timón o usar el freno. Es el miedo a perder la seguridad que nos da el tener los pies en tierra firme. Una vez dominamos eso y confiamos en que la inercia y el impulso no nos dejarán caer, podemos disfrutar de un paseo en bicicleta al atardecer.

Nuestra vida con Dios es igual. Pensamos que cuando comenzamos a seguirlo y a vivir como Él quiere que vivamos, tenemos que aprender mil cosas y saber exactamente cómo se hace todo. Pensamos en un montón de reglas y cosas que hacer y no hacer. Pero en realidad solo debemos dejarnos ir, dejar la tierra firme y nuestra seguridad, confiando en que Él no nos dejará caer y que “no permitirá que nuestro pie resbale”, como está escrito en el Salmo, y así poder disfrutar todo lo que tiene para nosotros. Y una vez logramos confiar en Dios, es algo que nunca vamos a olvidar. 

Escrito por: Rodrigo Villagrán
Fotografía: Freepik 


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